El señor piojo

Hay imágenes de nuestra infancia grabadas a fuego en nuestro cerebro, y la gran mayoría son tonterías que ni sabes por que recuerdas. Yo tengo una, que siempre que recuerdo viene acompañada de la cancioncilla del anuncio. La imagen de un piojo muerto en el fondo blanco de la bañera. Recuerdo esperar pacientemente con aquel gorro de plastico que me recordaba a los “malos” de E.T., con una mezcolanza de sentimientos entre los que predominaba la curiosidad. ¿Qué era un piojo? Una larga hora de espera, para agacharme de rodillas delante de la bañera, soportando el olor a vinagre que odiaba y sigo odiando… para ver aquel minúsculo bicho, culpable de la cara de asco de mi madre.

No volví a ver un piojo hasta segundo de carrera, en Parasitología. Ya ha todo detalle, examinando cada patita de ese artrópodo de cuerpecillo medio transparente.

En mi primer año trabajando en la farmacia, vino una señora con sus nietos y con un papel perfectamente doblado creando una especie de sobre. Sujetaba el papel con mucho cuidado, como si fuera el detonador de una bomba que pudiera explotar en cualquier momento en el mostrador de la farmacia. Estaba bastante desconcertada y nos dijo que necesitaba enseñarnos “algo”. Me moría de intriga, ni Hitchcock hubiera creado tanta tensión con un solo papel.  Lo abrió lentamente, con sumo cuidado, y algo empezó a moverse intentando salir del papel. Era el señor Piojo, el más grande que he visto en mi vida (y desde entonces he visto muchos), debía ser el patriarca de decenas de generaciones; o mejor dicho la matriarca, que las hembras son más grandes. La señora aseguraba que había despiojado bastantes cabezas en su vida, pero no creía que aquello pudiera ser un piojo y descartaba pulgas y garrapatas también por experiencia (somos rurales hasta la médula). No le faltaba razón, se parecía más a un escorpión diminuto que a un piojo! Después de confirmar la identidad del parásito, nos preguntó como se quitaba “aquello” convencida de que el filvit que usó ella con sus hijos, no podía matar aquel bicho mutante. Momento que aprovechó el “amigo” para darse a la fuga dejando atrás su jaula de papel. Parece mentira, pero ni Carl Lewis corría así! Sin pensar ni por una décima de segundo (si no otro gallo nos hubiera cantado) aplasté de un manotazo el papel, contra el piojo, y el piojo contra el cristal del mostrador, CHOF!  un escalofrio atravesó mi columna vertebral… “¡que asco!”

Desde entonces he visto cientos de cabezas parasitadas, incluso algún piojo espectacular de vez en cuando, pero ninguna como la matriarca de aquella cabeza, a la que irremediablemente recuerdo cada vez que oigo a alguien llamarlos “pipis”.

Si eso otro día os cuento algo sobre RESISTENCIAS, o como crear bichos mutantes a base de permetrinas y antibióticos, pero si eso, otro día.


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