Minientrada

EL VERANO ME ENGULLE (III) ¿Clientes o pacientes?

El debate es casi tan antiguo como la farmacia moderna; a quien atendemos? ¿A pacientes o a clientes? Pues supongo que según a quién se le pregunte opinará de una manera u otra pero teniendo en cuenta el origen etimologíco de “paciente”… en Bakio (en verano) la paciente está, a veces, detrás del mostrador.
Una tarde de Agosto cualquiera, entra un señor a la farmacia con una bolsa de la farmacia…
-Buenas tardes, me he llevado esto está mañana y no funciona.
…durante 30 eternos segundos, da para pensar en muchas cosas… “¿un tensiómetro? No he vendido ninguno”… “¿Será un termómetro? ¿un cepillo eléctrico?”… “No me acuerdo…si estaba solo yo…recuerda…recuerda… me acuerdo de Él, amable, hizo un chiste al irse… ¿Qué demonios era?”…

imageNo salgo de mi asombro, es una esponja, normal y corriente, ni natural, ni inglesa, ni de bebes, ni facial, ni exfoliante, ni nada!
-¿Cómo que no funciona? (Sigue precintado, evidentemente no lo han probado…)
-Pues, que no vale.
-Pero… ¿por qué? (Estoy desorientada, ¿me estará gustando una broma?… No se ríe… No entiendo nada…)
-Qué dice la mujer que este no es y qué a ver si me hacéis un vale.

Normalmente, hablo hasta por los codos, pero sigo confundida, no entiendo nada. Tengo los ojos abiertos cómo platos y sigo examinando cada milímetro de la esponja buscando una decoloración, un roto en el precinto, caducidad… ¡yo que sé!
Estaba tan patidifusa que el señor se impacientó y reclamó mi atención:
-¡¡¡Es que la mujer lo quiere cuadrado y me lo habéis dado redondo!!!

Podría haber respondido muchas cosas:
-¿Se lo ha llevado usted o su mujer?
-¿Nos ha especificado la forma?
-¿No ha visto la esponja al cogerla?
-¿¡¿DE VERDAD IMPORTA LA FORMA?!?!

Pero, no. Sigo muda y ojiplática. No hago vales de compra, esto no es ZARA. No hay razonamiento que valga… no vale ni dos euros… le devuelvo el dinero, y me quedo la esponja. ¿Que iba a hacer?
-Bien, ahora ¿me das una cuadrada?

¿Quién es el paciente y quién el cliente?

Minientrada

El señor piojo

Hay imágenes de nuestra infancia grabadas a fuego en nuestro cerebro, y la gran mayoría son tonterías que ni sabes por que recuerdas. Yo tengo una, que siempre que recuerdo viene acompañada de la cancioncilla del anuncio. La imagen de un piojo muerto en el fondo blanco de la bañera. Recuerdo esperar pacientemente con aquel gorro de plastico que me recordaba a los “malos” de E.T., con una mezcolanza de sentimientos entre los que predominaba la curiosidad. ¿Qué era un piojo? Una larga hora de espera, para agacharme de rodillas delante de la bañera, soportando el olor a vinagre que odiaba y sigo odiando… para ver aquel minúsculo bicho, culpable de la cara de asco de mi madre.

No volví a ver un piojo hasta segundo de carrera, en Parasitología. Ya ha todo detalle, examinando cada patita de ese artrópodo de cuerpecillo medio transparente.

En mi primer año trabajando en la farmacia, vino una señora con sus nietos y con un papel perfectamente doblado creando una especie de sobre. Sujetaba el papel con mucho cuidado, como si fuera el detonador de una bomba que pudiera explotar en cualquier momento en el mostrador de la farmacia. Estaba bastante desconcertada y nos dijo que necesitaba enseñarnos “algo”. Me moría de intriga, ni Hitchcock hubiera creado tanta tensión con un solo papel.  Lo abrió lentamente, con sumo cuidado, y algo empezó a moverse intentando salir del papel. Era el señor Piojo, el más grande que he visto en mi vida (y desde entonces he visto muchos), debía ser el patriarca de decenas de generaciones; o mejor dicho la matriarca, que las hembras son más grandes. La señora aseguraba que había despiojado bastantes cabezas en su vida, pero no creía que aquello pudiera ser un piojo y descartaba pulgas y garrapatas también por experiencia (somos rurales hasta la médula). No le faltaba razón, se parecía más a un escorpión diminuto que a un piojo! Después de confirmar la identidad del parásito, nos preguntó como se quitaba “aquello” convencida de que el filvit que usó ella con sus hijos, no podía matar aquel bicho mutante. Momento que aprovechó el “amigo” para darse a la fuga dejando atrás su jaula de papel. Parece mentira, pero ni Carl Lewis corría así! Sin pensar ni por una décima de segundo (si no otro gallo nos hubiera cantado) aplasté de un manotazo el papel, contra el piojo, y el piojo contra el cristal del mostrador, CHOF!  un escalofrio atravesó mi columna vertebral… “¡que asco!”

Desde entonces he visto cientos de cabezas parasitadas, incluso algún piojo espectacular de vez en cuando, pero ninguna como la matriarca de aquella cabeza, a la que irremediablemente recuerdo cada vez que oigo a alguien llamarlos “pipis”.

Si eso otro día os cuento algo sobre RESISTENCIAS, o como crear bichos mutantes a base de permetrinas y antibióticos, pero si eso, otro día.